La Eucaristía, motivo de ESPERANZA



Una cierta desesperación parece estar extendiéndose por el mundo en estos días. La innovación tecnológica nos ha facilitado la vida, pero parece estar trayendo nuevos problemas a su paso. Una inquietante tendencia de polarización está corroyendo el sentido de unidad cívica que una vez hizo a nuestra nación tan fuerte. Problemas ancestrales como la desigualdad social parecen estar empeorando en lugar de mejorar. Y mientras luchábamos por mantener la civilidad mientras lidiamos con estos problemas, surge una pandemia global que lleva a actitudes muy divergentes sobre lo que significa responder de manera segura a una amenaza para la salud pública. Todos estos desarrollos parecen desafiar nuestra suposición básica de que el mundo se está convirtiendo gradualmente en un lugar mejor. Este es un pensamiento muy desalentador.


Sin embargo, como católicos, tenemos un fundamento de confianza que se eleva altivamente por encima de estas conmociones mundanas. El Hijo de Dios no solo se entregó por nosotros en el Calvario, sino que se hace presente ante nosotros todos los días en el altar. Jesús, Vencedor del Mundo, renueva esta victoria todos los días y quiere que estemos allí para compartir esta victoria. Pero no quiere que nos quedemos simplemente como observadores. ¡No! Nosotros mismos somos protagonistas de esta gran batalla que ya se ha ganado. ¿Cómo sé esto? Porque como católicos tenemos el extraordinario privilegio de recibir la Eucaristía. La Eucaristía no es simplemente un símbolo. La Eucaristía, por un gran misterio, se convierte verdaderamente en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Y no nos limitamos a quedarnos ahí y observar el misterio desde la distancia. Consumimos el Misterio. Y esta no es una comida común. La comida ordinaria se digiere y se transforma en la carne del que come. Cuando consumimos la Eucaristía, sucede exactamente lo contrario: la Eucaristía no se digiere y se transforma en nosotros, ¡nos digieren y transformamos en Eucaristía!


Entonces, cuando recibimos la Eucaristía, Cristo habita en nosotros y nosotros en Cristo. No puedo pensar en una sola cosa que sea más empoderadora y que induzca a la confianza que esto. Nada en el mundo puede quitarnos esto. Ni polarización, ni pandemia, ni desigualdad, nada. Lo único que puede quitarnos esto es nuestro propio pecado. En este sentido, aún queda una lucha. Nos queda superar nuestras debilidades y convertirnos en los hijos e hijas de Dios que Jesús quiere que seamos. Ese es nuestro mayor destino. Si decimos "sí" a este destino, nada se interpondrá en nuestro camino. El futuro pertenece a quienes dicen 'sí' a Dios. Y eso es muy alentador.








Br. Athanasius Thompson, OP | Conoce a los hermanos en formación AQUÍ.